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sábado, 9 de octubre de 2021

¿No es hora ya de sacar las mascarillas de los colegios?

Desde hace unos días, en Alemania niñas y niños no llevan mascarillas en
primaria (1) (en infantil nunca las llevaron, ni recomendaron). Entran en un nuevo escenario escolar donde se está ponderando entre las consecuencias sobre la infancia (aprendizaje, psicoemocionales, neuromotoras) y las evidencias (mucho papers y estudios que confirmar la nula transmisibilidad e ínfimo desarrollo de la enfermedad en la infancia). Decisión que se toma desde nuestra querida centropa-primermundo, no basada en pulsiones de anarcopitalismo ni turboneoliberalismo corrosivo, sino en el peso de la evidencia científica. 

 

Así rápido —dado que no escribo desde una escritura con formación sanitaria cualificada— sí me gustaría recopilar datos que nos invitaran a poder abrir posturas, pero también proponer, como ejercicio entre todas, pensar en lo siguiente: esto que atravesamos es un proceso que necesita la apertura de debates, aunque sea una alteración social vírica, también es un tránsito que forma parte de la salud democrática de este estado. Instalar una manera única, un sólo camino, a la hora de abordar la excepcionalidad de esta pandemia, a la hora de manejar las restricciones de derechos sobre cuerpos vulnerables, y negar y desacreditar cualquier argumento crítico, nos tiene que activar todas las alarmas —ya Hannah Arendt advirtió de los peligros de cómo se va cociendo el pensamiento único, venga de donde venga, y ahí, la esencia democrática, se esfuma. Nos ponemos cerquita del totalitarismo, que ahora te puede parecer correcto porque lo percibes como una estrategiade contención ante una alarma sanitaria, pero mañana puede ser en otra direcciónque ya no te venga bien y ansíes que se abran debates, que se ahonde en las aristas y en las fugas. Entrar a investigar, públicamente, por dónde chorrea. 

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Más:

https://www.elsaltodiario.com/laplaza/no-es-hora-ya-de-sacar-las-mascarillas-de-los-colegios

jueves, 14 de mayo de 2020

El ecólogo que receta naturaleza contra los virus

El ecólogo e investigador Fernando Valladares sostiene que el mejor antídoto contra el riesgo de pandemias provocadas por virus es la preservación de la naturaleza. 

“No hay sistema sanitario más capaz de defendernos de los virus que la naturaleza”, sentencia Valladares, quien dirige el grupo de Ecología y Cambio Global del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid (CSIC).

Este investigador ha cobrado gran protagonismo en las redes sociales, donde divulga el conocimiento sobre cómo detrás de los repetidos saltos de virus de animales a humanos está la degradación ambiental. 

Él es lo más opuesto a un científico en su torre de marfil; su vitalidad y activismo se despliegan en vídeos y píldoras informativas ilustradas que ponen el foco en la poca conocida relación entre destrucción ecológica y pandemias o en enfoques diversos y complementarios del debate sobre la crisis climática.
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lunes, 27 de abril de 2020

CORONAVIRUS e IMPERIOS

Por: Rodrigo Bernardo Ortega                                                   Abril de 2.020
 
Los virus son simplemente moléculas que se preocupan únicamente de reproducirse en gran manera y lo más rápido posible. Lo que nos distingue a los seres vivos de dichos virus es una función de relación: necesitamos una sociedad en la cual participar y compartir. Ahora bien, si subimos en la escala biológica, encontramos que la diferencia entre una plaga y nosotros los humanos está ligada a una función de arraigo: cuidar de un país que nos protege como individuos.

Los virus acompañan al hombre desde sus comienzos como homo sapiens. Comencemos con una leyenda narrada por Walter Ledermann:

Hace unos veinte mil años, un hechicero cro-magnon regresaba de un retiro de tres días en el monte, donde había estado recolectando yerbas mágicas, cuando le informaron que uno de los hombres había llegado enfermo después de una larga jornada. Seguro de su poder curativo -la ignorancia hace audaces a los médicos- se recubrió con su vestimenta de venado y fue a verlo. Apartó el cuero que tapaba la entrada de la caverna e iluminó al enfermo con su antorcha. De inmediato dio un respingo, retrocedió espantado, ordenó levantar el campamento y huir hacia un incierto fin en medio de la noche. En la pustulosa cara del enfermo había reconocido la viruela -o alguna peste similar de la época- cuya horrorosa imagen había recibido a través de los relatos sucesivos de su padre y de su abuelo, y sabía que la muerte era inevitable.

Esta ha sido siempre la primera humana reacción a las terribles pandemias: pánico. Un miedo súbito, extraordinario, que oscurece la razón. Al pánico sigue la huida, como consecuencia ineludible.