REDUAS
MONSANTO ARGENTINA
anuncio la instalación de una factoría gigantesca, en Malvinas
Argentinas-Cordoba, para acondicionar semillas de maíz transgénico de
última generación recientemente autorizadas por el gobierno nacional;
hoy conocemos que toda o casi toda esa semilla se cultivará en el Valle
de Conlara al norte de San Luis. Aquí informamos como es esa semilla y
las concecuencias que ocasionará.
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El Santuario trasngénico de Monsanto en San Luis (147)
Las semillas del mal
La multinacional produce actualmente tres semillas de maíz que
comercializa en la Argentina. Una es el Maíz MON810, semilla al que han
injertado genes transgénicos a través de bombardeo con micropartículas,
logrando que las plantas que se generan de estas semillas, mientras
estén vivas, en muchas de sus células, secrete una proteína tóxica para
insectos lepidópteros (mariposas) que atacan estos cultivos: es la
toxina Bt, procedente del bacilo turingiensis ( un bacillo de la tierra y
que naturalmente produce esta proteína-toxina para poder competir con
gusanos, también de la tierra, ya que ambos grupos se alimentan de
residuos orgánicos de los suelos), en el ambiente naturalmente hay
pequeñísimas cantidades de estas toxinas Bt producidas por los bacilos.
El maíz MON810 contiene entre otros genes implantados, genes que
convierten en resistentes a los antibióticos de uso común en medicina
humana (resistencia a aminoglucócidos) utilizados como marcadores del
proceso de manipulación. La Unión Europea prohibió el ingreso de esas
semillas a su territorio en 2004, a través del art. 2 de la Directiva
18/ 2001 del Parlamento Europeo y del Consejo Ejecutivo de 12 de marzo
de 2001
1 por ser una amenaza para la salud pública (el
Ministerio de Salud argentino parece que nunca se dio cuenta de ello).
Paralelamente muchos países de Europa denunciaron el impacto ambiental
que estas plantas venenosas de maíz generan, al secretar insecticidas
(como la toxina Bt) todo el tiempo durante el que están vitales, como si
fueran una usina permanente de insecticidas; ocasionando un impacto en
la biodiversidad mucho mayor a la que generan las fumigaciones
esporádicas con insecticidas, las que ejercen sus efectos venenosos
durante 2 o 3 días después de la aplicación, mientras que la secreción
de la toxina por la planta se prolonga varios meses y sus efectos sobre
el ambiente también.