Las celebraciones del Día de la Independencia el día 21 de abril
debiera servir para que los israelíes, y los muchos judíos que se
identifican con Israel, reflexionaran sobre en qué se han convertido
después de siete décadas.
Sin embargo, la mayoría de los israelíes están
demasiado ocupados enarbolando banderas azules y blancas desde sus
automóviles, venerando a su ejército como “el más moral del mundo” y
analizando las estadísticas oficiales con la esperanza de que les digan
si nacieron más judíos israelíes que palestinos.
El proyecto sionista tenía la intención, según sus
fundadores, de proporcionar un santuario ante la persecución de los
judíos de todo el mundo. Pero, ¿cuál ha sido el precio, tanto para los
palestinos que allí vivían, en cuyas tierras se fundó un Estado judío,
como para el carácter moral de los que allí se establecieron? ¿Y
realmente ha proporcionado el santuario prometido?
Estas preguntas debieran ser motivo de preocupación
para los israelíes, después de tres semanas en las que los
francotiradores israelíes han matado y herido a cientos de palestinos
que están participando en las protestas pacíficas a lo largo de la valla
de separación en Gaza.
El trasfondo de las protestas, ignoradas por la
mayoría de los israelíes, es el asedio impuesto por Israel que ya dura
una década, lo que ha aislado a Gaza del mundo exterior, provocando una
catástrofe humanitaria y ataques israelíes intermitentes que han
arrasado grandes zonas del enclave.
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