Por Allison Wilson, 19 de febrero de 2017
Era
el primer día de las dos semanas del período de votación. El municipio
rural de Malles Venosta,en los Alpes italianos, estaba a punto de
considerar una posibilidad revolucionaria: votar a favor de un “Malles
libre de plaguicidas”. En caso de que se votase sí, se terminaría con el
uso de pesticidas en Malles y por lo tanto se iniciaría una transición
completa a una agricultura ecológica diversificada.
Los
mallesis, al despertarse, se encontraron con el pueblo cubierto por
brillantes girasoles amarillos. Las flores aparecían en las puertas y
flotaban en las fuentes. Algunos se habían pintado en las tapas de las
alcantarillas, otras estaban sobre palos en los jardines públicos. La
policía ordenó que se retiraran rápidamente, pero las flores “volvían a
crecer” misteriosamente cada noche hasta que se terminó el período de
votación de dos semanas.
Esta
escaramuza de los girasoles fue el final de una controversia que se
desencadenó en el pueblo tras la plantación de los primeros manzanos
industriales en Malles. Con este monocultivo también empezaron a
rociarse pesticidas muy tóxicos. Estos productos químicos, directa o
indirectamente, suponían una amenaza para la cultura tradicional de
Malles y para la salud y bienestar de sus gentes. Sin embargo, desafiar
el cultivo industrial de la manzana era desafiar el mito del progreso,
la creencia de que la adopción de nuevas tecnologías es algo esencial e
inevitable.
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