Si la izquierda consecuente no saca lecciones de su incapacidad para
postular un modelo alternativo en la gestión de esta grave crisis, el
futuro será desolador.
En muchos países se ha establecido, con distinta intensidad, una
censura a cualquier opinión crítica ante la gestión de la pandemia del
Covid-19 y de las medidas tomadas por los gobiernos. Las personas
críticas con estas políticas son a menudo acusados de negacionistas y
pseudocientíficos. Esos términos han sido repetidos en los medios como
formula para hurtar un debate necesario, tanto a nivel científico como
político. Se llega a acusar de negar no solo la gravedad del SARS-COV 2
sino la propia existencia del virus. A esto se añade otro calificativo:
“cospiranoicos”. Tomando como prueba manifestaciones aisladas de algunas
personas, se generalizan imputaciones a quienes se oponen a las
restricciones autoritarias, como si uniformemente defendieran que el
virus ha sido creado en laboratorio, o que la pandemia es en realidad el
resultado de una conspiración dirigida por élites internacionales y en
la que participan, según las versiones, diferentes agentes del mundo de
los medios de comunicación, los gobiernos y las élites económicas. Todo a
través de una acción coordinada y secreta.
Por razones de espacio
y de los limites lógicos de la paciencia del lector, no vamos a abordar
en detalle el atractivo y la profusión de las razones del negacionismo o
de las teorías conspiracionistas. El, en ocasiones, mal llamado
negacionismo se apoya en la abundante evidencia de la manipulación
informativa en que incurren con frecuencia Gobiernos y medios de
comunicación. Divulgan informaciones poco exactas y ello hace que tanto
gobiernos como medios gocen, en general, de poca credibilidad. Por otra
parte, las teorías conspiracionistas tienen un evidente atractivo:
presentan explicaciones sencillas, claras y contundentes a fenómenos
complejos y difíciles de entender, y conectan con el modo de razonar en
la vida cotidiana y en nuestro marco explicativo habitual. Tenemos una
tendencia atribucionista y achacamos la responsabilidad de los eventos a
la acción de las personas, obviando el decisivo papel de los contextos
sociales e institucionales. Por otra parte, también existe una tendencia
hacia el funcionalismo: lo que causa algo es aquello que se beneficia
de su existencia (el criminal es quien se beneficia del delito).
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