martes, 15 de enero de 2013

Cuando comprar barato sale caro

Tres, dos, uno, cero. Las rebajas ya están aquí. Ofertas, descuentos, % de ahorro… ocupan escaparates de tiendas y centros comerciales. Es el momento de comprar y comprar barato. Pero, ¿es realmente tan barato aquello que compramos? ¿Qué se esconde detrás de prendas de vestir y aparatos electrónicos? ¿Quiénes ganan y quiénes pierden con nuestra compra? A menudo lo que parece barato puede resultar muy caro.


Mango, Zara, H&M, Bershka, Pull&Bear, Stradivarius, Gap, Oysho… nos dicen ofrecer, y más en período de rebajas, precios bajos. Lo que no nos dicen, y se oculta tras una etiqueta made in China, Bangladesh, Marruecos…, es el cómo consiguen dichos precios. La deslocalización industrial es la respuesta: producir pagando el mínimo coste posible por la mano de obra y, consecuentemente, violando derechos humanos y laborales básicos. Así lo explican y documentan exhaustivamente varios informes de la campaña Ropa Limpia. Unas prácticas que, por cierto, no distan en nada de aquellas grandes marcas que venden productos un poco más caros o de gama alta. La lógica es la misma. Detrás del “glamour” o el “lujo” se esconde el sudor de los trabajadores mal pagados.

El informe La moda española en Tánger: trabajo y supervivencia de las obreras de la confección de la campaña Ropa Limpia de Setem es una de las muchas investigaciones que pone blanco sobre negro. El informe analiza cuál es la situación de las trabajadoras en los talleres textiles de Tánger que proveen a importantes firmas internacionales y descubre las condiciones laborales en dichos centros de confección marroquíes: jornadas de trabajo de hasta 12 horas diarias, seis días a la semana, y con un salario no superior a los 200 euros mensuales, y que en ocasiones puede ser, incluso, inferior a los 100 euros al mes, arbitrariedad en la contratación y el despido, trabas a la organización sindical, etc. Una situación extrapolable a muchos otros países. No en vano la mayor parte de nuestras prendas de vestir se elaboran en Asia, América Central, Europa del Este o África.

Pero no sólo los trabajadores de los centros de producción en origen son los que salen perdiendo, también aquí los empleados en los centros comerciales, en los puntos de venda, están sometidos a unas condiciones laborales precarias, flexibles, con dificultades para organizarse sindicalmente… Y la presión por un conseguir un coste lo más bajo posible recae, asimismo, sobre ellos. Los responsables del paro y la precariedad en el Norte no son los trabajadores de los países del Sur sino unas elites económicas y empresariales que buscan hacer negocio con nuestras vidas, tanto aquí como en la otra punta del planeta.
De este modo, Amancio Ortega, propietario de Inditex, y que tiene en su haber marcas como Zara, Bershka, Pull&Bear, Stradivarius, Oysho, Massimo Dutti, se convirtió el pasado 2012, según la revista Forbes, en el tercer hombre más rico del mundo, a pesar, o gracias, según como se mire, a la crisis económica.

Y las mismas pautas se repiten en la producción, distribución y venta de electrodomésticos, productos informáticos e incluso comida. Y no sólo unos pocos se aprovechan de unas condiciones laborales precarias o inexistentes sino también de unas legislaciones medioambientales extremadamente débiles. Así el actual sistema de producción de bienes de consumo se lucra de explotar recursos naturales finitos, enfermar a trabajadores o a comunidades y/o contaminar allí donde los ojos de la mayoría no ven. Todo, evidentemente, a coste cero.

Luego nos dicen que podemos comprar barato. Y las rebajas son el máximo exponente de esta práctica. Pero, ¿resulta tan barato aquello que compramos? El actual modelo de producción y consumo cuenta con una serie de costes ocultos que acabamos sufragando entre todos. La explotación laboral, la precariedad, los sueldos de miseria, los débiles o nulos derechos sindicales… ya sea en los países del Sur o en el Norte generan pobreza, desigualdades, hambre, desahucios… y es el Estado quien tiene que gestionar dichas situaciones y conflictos con todo lo que implica de coste social y económico.

Lo mismo sucede con las empresas que contaminan, que explotan sin control ni límite los recursos naturales, que generan con sus prácticas cambio climático y destrucción medioambiental… ¿quién paga por una producción fragmentada, deslocalizada y kilométrica adicta al petroleo y generadora de gases de efecto invernadero? ¿Quién paga por comunidades desplazadas, trabajadores enfermos y territorios inhabitables? ¿Quién asume las consecuencias de un modelo agrícola y alimentario que acaba con la agrodiversidad, el campesinado y nos hace adictos a la comida basura? Nosotros. A la empresa, le sale gratis. Se trata de los costes invisibles de unas prácticas abusivas, que se supone nadie asume. La tozuda realidad nos demuestra, todo lo contrario, que es la sociedad quien paga, y mucho.

Y lo más escandaloso de la cuestión es que para llevar a cabo estas prácticas, las multinacionales cuentan con el apoyo activo de quienes están en las instituciones y diseñan las políticas económicas, sociales, medioambientales, laborales… al servicio de los intereses de las primeras. Como se ha repetido, reiteradamente, en la calles, vivimos en una democracia secuestrada. Y aunque nos digan, una y otra vez, que “comprando barato ganamos todos”, la realidad es otra: lo barato sale caro. Y, al final, nosotros, la mayoría, pagamos la factura.



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